sábado, 5 de enero de 2013

Bernie Krause: tras el canto de la naturaleza

 

Biólogo, músico e ingeniero sonoro, el americano Berni Krause ha dedicado cuarenta años de su vida a la búsqueda y  recolección de lo que él denomina como soundscapes, paisajes sonoros. Se trata de una nueva discilplina, la biofonía, encargada de registrar y estudiar de manera sistemática las manifestaciones acústicas de la naturaleza.

 
Desde el sonido imponente de los jaguares de la selva amazónica hasta el del derrumbe de los enormes glaciares del sureste de Alaska, pasando por escenas aparentemente insignificantes como el canto de las hormigas, los efectos de eco provocados por el rocío o los golpes rítmicos producidos por el encogimiento de células vegetales al perder humedad, Krause ha conseguido reunir  una fonoteca de la que toman parte más de quince mil especies. Todo ello a partir de una inversión de tiempo para nada desdeñable: cuatro mil quinientas horas en las que la Madre Tierra nos deleita con sus cantos ancestrales.
 
Anteriormente a su actividad como bioacústico, Bernie Krause destacó como uno de los pioneros del empleo de sintetizadores en la música pop. Sus frecuentes colaboraciones con el legendario George Harrison y con bandas como  The Doors, The Byrds, The Monkees y otras tantas referencias musicales de la psicodelia de finales de los sesenta no le hicieron pasar desapercibido. Asimismo, durante esta época se asocia con el músico Paul Beaver, con el que producirá, a partir de sintetizadores,  paisajes sonoros naturales destinados a varias películas de Hollywood como La semilla del diablo, Apocalypse Now o Love Story. Es precisamente en este punto donde comienza su interés y obsesión por recoger, de forma directa, los sonidos del mundo natural.

Grabadora y auriculares en mano, Krause inicia en 1968 una larga aventura que culmina con la publicación de su reciente libro The Great Animal Orchestra: Finding the Origins of Music in the World's Wild Places. En esta obra monumental,  Krause aborda la relación entre el hombre y la naturaleza a través del elemento sonoro, justificando la atracción del ser humano hacia la música como un síntoma vital de nuestra pertenencia orgánica a los ritmos inherentes al mundo natural:
 
Los paisajes sonoros naturales son una de las fuentes de información más fértiles e inexploradas que poseemos. Estos contienen secretos de nuestros orígenes, nuestro pasado y  nuestro presente cultural.

 Uno de los aspectos más notables de su estudio se encuentra en la propia organización metodológica. El naturalista realiza una particular división de los sonidos recogidos: geofonía (sonidos del viento, del agua y de otros elementos naturales), biofonía (sonidos producidos por animales, tanto vocales como de movimiento) y antropofonía (sonidos humanos, especialmente los mecánicos y amplificados).


Pero todo este marco sonoro constituye más que algo meramente ambiental: es una manifestación acústica de la ecología, hermosa y a la vez repleta de información. Información que encuentra sus funciones en las actividades de expresión, comunicación y reproducción del mundo animal. Ejemplo de ello son los cantos de cortejo de los gorilas macho, con sus fuertes gritos y golpes de pecho o los atractivos cantos del gibón indonesio al amanecer que los mitos de la etnia Dayak  identifican como una invocación directa al sol.
 
Canto de un gibón hembra en la isla de Borneo (Indonesia) 





















No hay que olvidar tampoco una de las misiones más importantes de esta sinfonía natural: la orientación. A través del sonido los insectos hallan el camino de regreso al nido, las aves se reunen, los mamíferos se encuentran. Todo ello moldea de manera extraordinaria cada ecosistema. Todas y cada una de las especies poseen su ancho de banda específico, su posición en el espectro acústico y, en definitiva, su lugar en este microcosmos que apenas deja espacio al silencio.

 

No obstante, en todo esto existe también otra realidad, menos luminosa, que no puede pasar desapercibida. La escena de un grupo de sapos y halcones desorientados que huyen despavoridos ante el apocalipsis acústico de un avión que les sobrevuela fragmenta por completo ese coro celestial en sonidos individuales y caóticos. El estruendo de los motores de barcos cargueros a través de los océanos nos deja la imagen de miles de crías de ballena que, desorientadas, acaban varadas y aplastadas por su propio peso en las playas del mundo. La sustitución del “canto” natural de un castor por un sobrecogedor lamento tras perder a toda su familia en la destrucción dinamitada de sus diques nos indica que algo no va bien. Bernie Krause, consciente de todo ello, pone el grito en el cielo al hablar de este bombardeo atronador, esta antropofonía infernal que destruye sin piedad los ecosistemas sonoros en los espacios naturales:

Un gran silencio se está extendiendo sobre el mundo natural a medida que el sonido del hombre se vuelve ensordecedor. Poco a poco, la gran orquesta de la vida, el coro del mundo natural, está en proceso de apagarse. Ha habido una disminución masiva de la densidad y diversidad de los sonidos de las criaturas, grandes y pequeñas. La sensación de desolación se extiende más allá de un simple silencio.

 
Resulta desalentador ser conscientes de que aproximadamente el cincuenta por ciento del archivo sonoro de este naturalista jamás podrá volver a repetirse. Dos grabaciones realizadas en una pradera de Sierra Nevada, al este de San Francisco, con tan solo un año de diferencia, dan sobrada cuenta de este panorama tras la tala masiva de árboles: 


 Pradera antes de la tala
 
Pradera tras la tala



Parque Nacional de Yosemite en Sierra Nevada (San Francisco)
 
Lo mismo encontramos cuando Krause sumerge los micrófonos en los bellos arrecifes de coral que bordean las islas Fiji. Mientras en una zona bien conservada los murmullos del agua se entremezclan, de forma casi poética, con el lenguaje musical de un sistema subacuático compuesto por crustáceos, anémonas, peces globo o tiburones…
 


a tan solo una milla de distancia, en una franja dañada del mismo arrecife, el sonido de las olas parece ser el único superviviente de un sombrío paisaje: 




Arrecife de coral en las islas Fiji


Con todo esto, Krause realiza su particular llamada a la concienciación a través de la apreciación de los paisajes sonoros que él considera como parte fundamental de la evolución humana. Y aun más. De manera fascinante, sus  investigaciones encuentran aplicación práctica en la conservación del mundo natural. Al contrario de lo que pueda parecer, las conclusiones resultantes apuntan a la infalibilidad en el empleo de la lente sonora, más que visual, para la detección de los peligros ecológicos.

Quizá sea hora de evadirse por un momento de la cacofonía urbana en la que estamos inmersos, quizá debiéramos, por un momento, quitarnos esos auriculares—físicos o metafóricos— y escuchar qué realidades nos cuenta hoy la Pachamama o madre naturaleza a la que se refería, tan sabiamente, el pueblo maya.
 
 
 

1 comentarios:

Jose Garcia dijo...

Es fascinante la forma con la que capta y entiende la naturaleza. Es esencial escuchar para poder entender lo que pasa y escuchar un bosque después de haber sido deforestado deja el silencio que luego es tapado con el ruido de las maquinas.

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